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Volver a Riesgos

El gran reemplazo laboral de la IA

Un brazo robótico se lleva un billete
Una mano humana sostiene un billete

Dentro del debate sobre cómo la inteligencia artificial afectará al conjunto de la sociedad en un futuro próximo, el empleo ocupa un lugar central. A la hora de evaluar los riesgos que afrontamos, partimos de una posición de incertidumbre: hemos visto crecer sin cesar las capacidades de la IA en los últimos años, pero cuesta pronosticar con precisión cuándo llegará el gran impacto en el mercado laboral. Un reciente estudio del centro de análisis español Funcas  planteaba que la automatización causará en nuestro país “una destrucción bruta de empleo de entre 1,7 y 2,3 millones de puestos en el horizonte 2025-2035”. Sin duda, un cambio de consecuencias impredecibles. Y esa previsión podría quedarse muy corta.

Al mismo tiempo, deberíamos preguntarnos si el escenario de éxito que persiguen las grandes empresas tecnológicas (automatizar todos, o casi todos, los empleos) no será una distopía disfrazada. Hay muchísimas cosas que pueden salir mal con la IA, hasta el punto de que numerosos expertos advierten de un riesgo de extinción de la humanidad. Pero incluso si todo “sale bien”, ¿en qué posición quedan los ciudadanos? ¿Y cómo está afectando ya la IA al sector laboral?

¿Maldición o bendición?

Desde hace milenios, los antiguos soñaban con sirvientes mecanizados y autómatas que les liberaran de la carga del trabajo físico. Por supuesto, buena parte de empleos hoy día siguen siendo repetitivos y pocos inspiradores, cuando no desagradables. Quizá estaría bien prescindir de ellos, dejárselos a las máquinas. Pero, ¿no estaremos perdiendo de vista que el trabajo desempeña un papel crucial en el contrato social? ¿Cuál es la alternativa que tenemos sobre la mesa?

Uno de los primeros sectores perjudicados por la explosión moderna de la IA, antes incluso de la aparición de ChatGPT a finales de 2022, fue el de los artistas gráficos. Gracias a sistemas como Midjourney, generar una ilustración de repente era cuestión de escribir unas breves instrucciones y esperar unos segundos a que la máquina escupiera un resultado, devaluando el esfuerzo y la creatividad humana. Esto no supuso el inicio de un nuevo movimiento artístico como se prometió, y sirve para constatar que la IA pone en peligro también aquellos trabajos que nos gusta hacer y conceden sentido a la vida.

Un nuevo tipo de revolución

Por primera vez, una revolución tecnológica amenaza en primer lugar los empleos centrados en las capacidades intelectuales y el manejo de ordenadores. Esto no quiere decir que la oleada de la automatización respetará al resto de sectores: cabe esperar que tardará un poco más, pero llegará también. Probablemente de mano de los robots, un sector que está despegando gracias precisamente a los avances en inteligencia artificial.

No podemos ni deseamos negar el incremento en la productividad que muchos profesionales obtienen de la IA. El problema es que esta es una herramienta diseñada no para empoderar al trabajador, sino para sustituirlo, tal y como admiten abiertamente en Silicon Valley. Los humanos enferman, forman sindicatos, piden aumentos de sueldo, se van de vacaciones: en una visión de la economía que solo tenga en consideración la productividad, todos esos son defectos a subsanar.

Despiece: Enseñar a la máquina que te sustituirá

“Con la IA surgirán nuevos empleos que hoy día no podemos ni imaginar”. Ese es un argumento que se usa para acallar las preocupaciones expresadas en este artículo. Y lo cierto es que sí han aparecido categorías de trabajo asociadas a esta tecnología… en la mayoría de casos nada glamurosas. Las grandes empresas del sector suelen preferir esconder bajo la alfombra esa contribución humana al desarrollo de la IA. Nos referimos al etiquetado de datos y la censura de respuestas de modelos de inteligencia artificial, labores que durante años se subcontrataron en países del Sur Global como Venezuela o Kenia en indignantes condiciones de precariedad.

Del mismo modo, la promesa de que muy pronto tendremos robots para las tareas domésticas oculta el matiz de que parte del tiempo la máquina será manejada a distancia por un operador humano  . En teoría, hasta que el robot aprenda a desempeñar las funciones más complejas.

Eso nos remite a otra práctica cuestionable: obligar a trabajadores a entrenar o suministrar datos a las inteligencias artificiales que poco después acabarán sustituyéndolos. El interés por recopilar información más allá del ámbito virtual incluso empuja a algunas empresas a ofrecer servicios gratis, como la limpieza de hogares a manos de trabajadores humanos equipados con cámaras para suministrar más datos (siempre más datos, la auténtica mina de oro del siglo XXI) a modelos de IA  .

Ya hemos sido testigos del ansia de muchas empresas en apostar por la automatización, incluso antes de que la IA alcanzase la madurez suficiente: en algunos casos, los directivos dieron marcha atrás al fracasar sus grandiosos planes, y se vieron obligados a volver a contratar trabajadores. La IA también puede servir para dar un falso toque innovador a despidos que tienen otras causas. Estos pequeños tropiezos y picarescas empresariales confirman más que desmienten la tendencia innegable: ha llegado el momento de plantearnos en serio si queremos vivir en una sociedad sin empleo.

El dilema de la renta básica

Si la respuesta es positiva, surge el problema de la pérdida de sentido, ¿Qué haremos con nuestro tiempo? Podremos disfrutar de la naturaleza… o más bien, de aquellos reductos que queden a salvo de la expansión de los centros de datos. Podremos pasar tiempo con la familia, ¿pero de qué valdrá si al juntarnos no conseguimos despegar la vista de unos teléfonos móviles que nos ofrecerán contenidos a medida y cada vez más adictivos?

Y ante todo, necesitaremos con urgencia un sistema para redistribuir la riqueza. En Silicon Valley manejan la idea de que los ‘tokens’, o créditos para llevar a cabo tareas con IA, se conviertan en la nueva moneda. No tendríamos trabajo ni dinero, solo una serie de ‘tokens’ asignados al mes, es decir: un número en la cola para usar las maravillosas capacidades de la inteligencia artificial. También podríamos vender esos ‘tokens’ al mejor postor. Y así se supone que nos apañaríamos. ¿Recuerdan aquello de “You’ll own nothing, and be happy”  (“no tendrás nada, y serás feliz”)?

Incluso la vía de la renta básica presenta problemas: como esa medida depende de tasar a las grandes tecnológicas, no tenemos la menor garantía de que llegaría a implementarse de manera justa, o duraría para siempre. Pensar que los arquitectos de la IA se mostrarán generosos cuando toda la economía esté en sus manos y superen en poder a los gobiernos, resulta un tanto ingenuo. Una vez en esa situación, los magnates de Silicon Valley habrán acabado de moldear la sociedad a su antojo, y cabe esperar que centren su atención en otros proyectos, sumamente costosos, en los que ya han mostrado interés: desde obtener una supuesta inmortalidad hasta colonizar el espacio exterior. ¿Ciencia ficción? La perspectiva de automatizar todo el empleo también lo era hasta hace poco.

Quizá entonces nos daremos cuenta de que tener un empleo es algo más que una obligación que sobrellevamos para subsistir: es una aportación que hacemos a la economía, y eso proporciona a los trabajadores un poder del que a menudo no son conscientes. Los países cuya economía depende en alto grado de la extracción y exportación de recursos naturales están a menudo sujetos a la llamada ‘maldición de los recursos’: las élites y los gobernantes caen en la corrupción, y los beneficios apenas se reparten entre una población que no aporta a la creación de riqueza. Ya se barrunta algo parecido a nivel global: una ‘maldición de la inteligencia’. Lo cual junto a todo lo anterior nos lleva a concluir que al final de este camino a los trabajadores no les aguarda la liberación, sino el desempoderamiento. Aún estamos a tiempo de cambiar el rumbo entre todos.


✍️Este documento fue redactado al 100% por humanos.